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    Original Essays | February 15, 2015

    Jennifer Jacquet: IMG Is Shame Necessary?



    Is Shame Necessary? is my first book, so I am far from having earned the right to discuss writing a book in general. But I can say something about... Continue »

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B de Bella (Vintage Espanol)

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B de Bella (Vintage Espanol) Cover

 

 

Excerpt

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Hay muchas teorías sobre mi peso. Hay quien dice que yo soy la culpable de mis kilos: que como demasiado, que no hago suficiente ejercicio, que como más carbohidratos de la cuenta y que ceno demasiado tarde. Pero no me cabe duda de que esta teoría es totalmente falsa porque como poquísimo, hago ejercicio todos los días y jamás toco los carbohidratos, especialmente después de las siete de la noche.

Hay quien dice que es un problema hereditario; que soy gorda como mi tía Chavela porque es parte de nuestra herencia genética. El único problema es que Chavela es mi tía porque se casó con el hermano de mi madre, o sea que ella y yo no tenemos ni un solo gen en común. He ahí otra teoría que no vale para nada.

Luego está la teoría de mi segundo psicoterapeuta, el que me dijo que yo usaba mi peso para “evitar la intimidad”, o sea que de manera subconsciente había engordado para evitar que me tocaran. Esta es otra necedad, porque no tengo ningún problema con el contacto físico, es más, me encanta que me toquen.

Pero mi teoría favorita del por qué de mi gordura es la más complicada y romántica de todas. La llamo la “Teoría de la Niñera”, e involucra a una madre desolada, una manada de tiburones, una base militar y sexo extramarital.

Permítanme explicarme: resulta que cuando yo era apenas un bebé, mi madre contrató a una niñera que venía de un pueblecito de Cuba. Su nombre era Inocencia, pero nosotros la llamábamos “Ino”. Era una chica joven e ingenua que nunca había estado en una gran ciudad como Nueva York. Como cualquier otra chica de su edad, Ino soñaba con enamorarse. Pero desafortunadamente, cuando finalmente encontró el amor, lo hizo en los dulces de una pastelería.

Mi amigo Wilfredo tenía una tía que decía que después de la menopausia toda la sensibilidad de los genitales se le había subido a la boca, y que por eso había reemplazado el sexo por la comida. Algo similar debe haberle pasado a Ino, pero en su adolescencia.

Traten de imaginarse esta escena: estamos en Cuba en 1975, Ino acaba de cumplir los diecinueve años, y está desbordante de esa energía que despliegan los jóvenes atletas antes de correr un maratón. Es una noche calurosa, pero ella tiembla de miedo, mientras trata de reunir el valor para lanzarse a las aguas de Playa Caimanera. Su propósito es simple pero temerario: nadar las peligrosas corrientes infestadas de tiburones hasta llegar a la base norteamericana de la Bahía de Guantánamo. ¿Estaría sola o estaría acompañada en este intento suicida por escapar de Cuba? Nunca lo sabremos; pero si cierro los ojos puedo verla despidiéndose de una madre empapada en lágrimas; es más, casi puedo escuchar a esa madre advirtiéndole, no sólo de los peligros del viaje, sino de un peligro aún mayor: esos rubios de ojos azules que la dejarían embarazada tan pronto depositara un pie sobre el suelo norteamericano.

“¡Cuidado con quedar preñada!”, debió decirle su madre con un lúgubre tono que la atormentaría para siempre. ¡Qué gran ejemplo de lógica materna! Olvídate de la corriente traicionera, de los disparos de la policía militar y los tiburones asesinos; el verdadero peligro es quedar preñada soltera. Confieso que aunque quizá yo sufro las consecuencias del romance entre Ino y la industria pastelera, entiendo perfectamente su drama. En esa hora crítica, Ino debe haberle prometido a la Virgen de Regla mantener su virginidad intacta si se le concedía el milagro de llegar sana y salva a los Estados Unidos.

Mi madre fue la primera en contratar a Ino cuando llegó a Nueva York. La conoció a través de “Radio Bemba”, una red telefónica de cubanas en el exilio que se comunicaba a diario para intercambiar chismes y novedades.

Mamá decidió contratar a Ino por varias razones: primero porque quería ayudar a una compatriota cubana que necesitaba un trabajo, pero también porque necesitaba —­desesperadamente—­ una ayudante en casa a tiempo completo. Resulta que mi padre estaba al borde de la quiebra: su socio se había robado todo el dinero de su compañía de importación de alimentos y se había escapado a la Florida. Demasiado traumatizado para confiar en nadie y completamente abrumado por las responsabilidades, papá le había pedido a mamá que le ayudara a manejar el negocio. Mi madre, entendiendo cuán desesperada era la situación, se vio obligada a trabajar en el almacén que teníamos en Jersey City. Allí, se encargaba de despachar cargamentos de yuca y plátanos, mientras dejaba el cuidado de sus tres hijitos y su pequeña bebé a la dulce y virginal Ino.

Mientras Ino estuvo empleada por mi madre, se gastó su salario semanal única y exclusivamente en postres. Compraba tantos que a menudo los traía a casa para compartirlos. Era tal su fijación oral, que mi madre —­quien no era una mujer particularmente liberada—­ empezó a sugerirle que invirtiera su tiempo libre con chicos de su edad. Pero Ino no mostraba interés ni en los hombres ni en el romance, ni en el sexo. A ella lo único que la hacía feliz eran los dulces.

Un buen día, mamá tuvo un minuto para sentarse con nosotras mientras me daban de cenar, y se le ocurrió probar la avena que Ino me daba a cucharadas; pero en lo que se puso una pizca en la boca la tuvo que escupir.

“¿Qué carajo le pusiste a la avena?”.

“Un poquito de azúcar para que la niña coma”.

La avena tenía tanto azúcar que era prácticamente intragable. Fue entonces que Ino le confesó a mi madre que —­dada la resistencia natural que tienen los niños a la comida—­ ella había añadido gigantescas cantidades de azúcar a todos mis alimentos. Como resultado, yo me había convertido en una pequeña y regordeta adicta al azúcar. Más aún, sospecho que estos azucarados abusos de mi infancia descalabraron mi metabolismo de por vida.

Mamá nunca me ha confirmado si esta fue la razón por la que despidió a mi niñera, pero lo cierto es que, poco después de este incidente, Ino desapareció de nuestras vidas. Por otro lado, he notado que mamá sufre en silencio cada vez que trato de discutir con ella esta teoría. No soy una mujer rencorosa, pero confieso que a menudo fantaseo con que Ino terminó gorda, preñada y abandonada por esos mismos rubios de ojos azules que su madre tanto temía.

Si mi teoría es cierta, debo agradecerle a Ino la primera memoria de mi infancia: recuerdo estar de pie, frente a un espejo, diciéndome a mí misma: “Tengo tres años de edad… y cinco kilos de más”.

Ahora tengo veintiocho años y, aunque el tiempo ha pasado, hay una cosa que no ha cambiado, y es que siempre estoy batallando con mi peso. A veces lucho para bajar un par de kilos, y a veces para bajar una docena, pero de lo que no me cabe la menor duda es que todo esto se lo debo a la dulce, estúpida e inocente Ino.

Les parecerá increíble pero yo nunca he sabido lo que es estar flaca. Siempre he estado preocupada por adelgazar, o aterrada de engordar aún más. Mi talla ha fluctuado constantemente a lo largo de los años —­a veces en cuestión de meses y a veces en cuestión de días—­ dependiendo de cuán absurda era la dieta de moda. Pero hiciera lo que hiciera, los kilos siempre volvían.

He probado la dieta Scarsdale, la Atkins —­esta la hice dos veces, la primera y la segunda vez que se puso de moda—­, también probé la antidieta, remedios homeopáticos, acupuntura, en fin, he probado de todo, pero las pocas cosas que han funcionado solo han sido temporales.

Recuerdo que en los años ochenta mi madre me llevó a un dietista que me ayudó a perder peso velozmente y con mínimo esfuerzo: se trataba del infame doctor Loomis. Loomis era tan popular que tenía una interminable fila de pacientes que —­no cabiendo en su oficina—­ debían esperar su turno en el pasillo. Lo curioso es que la fila se movía a toda velocidad porque Loomis atendía a cuatro pacientes a la vez. Había dispuesto varias salas de consulta simultánea, y pasaba un promedio de cinco segundos con cada paciente. En su breve visita, Loomis te pesaba, te obligaba a mirarte desnuda al espejo, y te insultaba.

“Mírate”, decía con una cara de asco digna de quien hace un esfuerzo sobrehumano para no vomitar. “Mira esos rollos de grasa. ¿No te da vergüenza?”.

Esta era su cariñosa manera de incentivarte a adelgazar. Después te mandaba a la farmacia a comprar una potente droga que ahora es ilegal, y cuyos efectos secundarios todavía desconocemos. Desafortunadamente, ninguno de estos efectos fue la pérdida permanente de peso. Meses más tarde volví a engordar, y luego me enteré de que habían encarcelado a Loomis por recetarles anfetaminas a sus pacientes.

Pero basta de quejas. Es hora de enfrentarnos a la realidad, y la realidad es muy simple: soy una gorda. Tengo pechos enormes, un trasero gigante y unas piernotas que difícilmente caben en mis pantalones. También he de reconocer que tengo una cinturita envidiable, así que por lo menos tengo la figura de un reloj de arena. Es una lástima que los relojes de arena no sean muy populares en nuestros tiempos.

Sí señores, soy una gorda. Podemos usar términos más poéticos, como rolliza, rechoncha, robusta, frondosa… pero después de todos estos años de gordura, finalmente me siento cómoda diciéndolo de la manera más clara y simple.

Gorda.

Gorda y ya.

Si alguno de ustedes es gordo le recomiendo que lo diga en voz alta en cada oportunidad que tenga. Si la palabra “gorda” te define, debes acogerla con cariño y nunca darle la oportunidad a nadie de usarla como un insulto. Y ahora que estamos discutiendo términos lingüísticos, creo que llegó el momento de discutir otro problema: mi nombre.

Product Details

ISBN:
9780307745194
Author:
Ferreras, Alberto
Publisher:
Vintage Books
Subject:
General Fiction
Subject:
FIC044000
Edition Description:
Trade paper
Series:
Vintage Espanol
Publication Date:
20111031
Binding:
TRADE PAPER
Grade Level:
General/trade
Language:
Spanish
Pages:
352
Dimensions:
7.99 x 5.19 x 0.73 in 0.6 lb

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