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Original Essays | August 20, 2014

Julie Schumacher: IMG Dear Professor Fitger



Saint Paul, August 2014 Dear Professor Fitger, I've been asked to say a few words about you for Powells.com. Having dreamed you up with a ball-point... Continue »
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2012: Las Profecias del Fin del Mundo (Vintage Espanol)

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2012: Las Profecias del Fin del Mundo (Vintage Espanol) Cover

 

 

Excerpt

I

PROFETAS, VIDENTES Y PROFECÍAS

CÉLEBRES EN LA HISTORIA

El ritual de sacrificio para conocer el desenlace de un aconte-cimiento se realizaba en cualquier lugar de la antigua Mesopotamia. Imaginemos la escena: el sacerdote se acerca a la oveja. El animal intenta huir y se le sujeta mientras el sacerdote alza sus ojos al cielo y hace la pregunta a la divinidad. La oveja brama, respira agitada. Es tumbada de costado, se revuelca, pero el sacerdote logra desgarrarle las entrañas con un cuchillo. El animal se sacude entre chillidos y borbotones de sangre. La creencia es que la divinidad absorberá el espíritu de la víctima y responderá a través de sus vísceras. El sacerdote extrae el hígado caliente. Lo observa. Otro sacerdote le muestra un libro con ilustraciones de distintas formas de hígado de oveja y su significado: benéfico o negativo. Comparan. Miran de nuevo el hígado. Ahí está la respuesta.

La humanidad del pasado tuvo un interés especial por conocer su destino. Y así como hoy, también enfrentó vaticinios sorprendentes y temibles. Algunos surgieron de la charlatanería; otros, del esfuerzo honesto de mujeres y hombres que buscaron “ver”. En épocas ancestrales, distintas culturas pretendie-ron a su manera vislumbrar el porvenir: en Grecia se recurrió a oráculos; en Roma los sacerdotes hacían una lectura del vuelo de las aves y los truenos; en Egipto se interpretaban los sueños; en China y Mesoamérica se consultaron adivinos y astrólogos, y el pueblo hebreo se dejó guiar por sus profetas. De este modo, con mayor o menor tino, se anunció el retorno de seres sagrados, tierras prometidas, caídas de imperios, conclusiones de guerras, desastres naturales, muertes de personajes, adve-nimientos de eras doradas, e incluso, el fin del mundo.

Ese remoto interés por el futuro trasciende a nuestros días. En la actualidad, los diversos pronosticadores de las profecías mayas también tienen sus propios métodos de consulta: escudriñan el sistema calendárico, los relieves o códices mayas; recurren a la astrología esotérica, cruzan información sobre calentamiento global, o, según ellos, reciben información telepática de fuerzas superiores. Así emergió un abanico de presagios que anuncia dos escenarios opuestos: uno es de regeneración; el otro, de destrucción apocalíptica. Para comprender la razón de esos dos planteamientos contrarios, es importante saber que tienen un origen milenario.

La historiadora Ursula Fortiz, en su libro Profetas y profecías, historia y tradición, narra cómo la humanidad buscó anticiparse a los acontecimientos: las sociedades primeras enfrentaron pro-blemas de supervivencia y temieron a los elementos naturales. Así nació el culto a divinidades naturales, a las que se ofrecían sacrificios para tener buena suerte en la fertilidad agrícola y femenina. El hombre se hizo religioso con el tiempo, creía que su vida y la de su pueblo estaban en poder de los dioses. Por esa razón, en algún momento, pretendió establecer un diálogo con la voluntad divina. Entonces hizo preguntas de forma codificada y así le fueron respondidas. Para la historiadora, ése es el origen de los oráculos y las profecías. Profecía, que viene del griego propheteia, significa predecir.

En las religiones arcaicas los oráculos eran un enunciado que se recibía de forma hablada, escrita o a través de un signo. También, por extensión, se le denominó así al santuario donde se hacían las consultas. Grecia fue sede del santuario donde se estableció, al norte de Atenas, el oráculo más famoso en la Antigüedad: Delfos. Peregrinos de distintas partes viajaban a con-sultar una médium llamada Pitia, la “pitonisa”. Ella comunicaba mensajes en estado de trance auxiliada por los gases azufrados que emanaban de las rocas del lugar. La respuesta no siempre era sencilla, pero un sacerdote la interpretaba y la escribía en una tablilla.

Un dato quizá poco conocido en Occidente es que la “tierra de los oráculos por antonomasia” no fue Grecia, ni Mesopotamia, ni Egipto, ni China, sino Perú. Según el historiador Marcos Curatola, coautor del libro Adivinación y oráculos en el mundo andino antiguo, rigurosa investigación de campo, el Imperio inca erigió decenas de ellos, algunos de tamaño monumental. El de Maucallacta, en Arequipa, por ejemplo, es un complejo de 300 estructuras. El oráculo comprende una plataforma de 150 metros de longitud, 50 metros de anchura y siete metros de alto. Hubo grandes peregrinaciones para consultar a las deidades cuyos mensajes interpretaban los sacerdotes. Los oráculos tenían como fin legitimar el poder y servir como punto de reunión para obtener información y hacer negociaciones políticas.

En Mesoamérica también existieron oráculos, aunque no en la dimensión inca. Uno de los más importantes de los que se tiene constancia es de origen mexica, y se encuentra en una cámara subterránea de la pirámide del Sol de Teotihuacán. Se cree que esa cueva sagrada pudo ser lugar de investidura de soberanos, punto de peregrinaje y de rituales religiosos. Los adivinos de Mesoamérica tuvieron un lugar distinguido. Incluso algunos fueron gobernantes, como Nezahualpilli y Motecuhzoma Xocoyotzin, detalla el historiador Alfredo López Austin en su texto “La magia y la adivinación en la tradición de Mesoamérica”, publicado en la revista Arqueología Mexicana.

Los sacerdotes y pueblos mesoamericanos recurrían a una diversidad de recursos, algunos muy ingeniosos, para hacer consultas cotidianas, religiosas o políticas. López Austin explica que los adivinos mesoamericanos consultaban láminas de códices adivinatorios, libros de sueños, lanzaban granos de maíz al suelo, usaban un cordel con nudos, e incluso podían interpretar el reflejo del rostro de un niño en una vasija de agua para constatar la salud del alma infantil. Las consultas tenían diversas razones: encontrar personas ausentes o animales perdidos, diagnosticar y tratar enfermedades, anticiparse al clima, etc. Los gobernantes interrogaban sobre el desenlace de guerras, calamidades futuras, proyectos relevantes. Para consultas de carácter religioso, los videntes entraban en trance al someter al cuerpo a situaciones extremas a través de ejercicios penitenciales o hemorragias. También consumían brebajes psicotrópicos, de plantas como poyomatli u ololiuhqui, para que así les fuera revelado lo oculto o venidero.

El eterno retorno

Casi todas las culturas milenarias: griegos, chinos, egipcios, pueblos precolombinos, miraron al cielo para avizorar su destino. Primero, algunos asentamientos de cazadores, pastores o pescadores recurrieron a los astros como guías de travesías o de sus ciclos agrícolas. En Mesopotamia, China y América se asoció el movimiento celeste con las fases agrícolas: había un tiempo para sembrar, otro para cosechar. El fenómeno acontecía una y otra vez. Estos pueblos observaron las fases de la luna, el movimiento del sol, en algunos casos de Venus, Marte, Júpiter; les rindieron culto, y a partir de sus rotaciones en la bóveda celeste, particularmente de la luna y el sol, elaboraron distintos sistemas calendáricos, algunos con carácter adivinatorio. De esta forma nació la idea de que la vida humana está regida por ciclos naturales repetitivos correlacionados con los astros, lo que originó el mito del “eterno retorno”, que es un fundamento primordial de la astrología. También es la fuente de una de las dos vertientes contrapuestas de las profecías mayas.

Mesoamérica, dice López Austin en su libro Dioses del norte, dioses del sur, tuvo una obsesión por observar el cielo, y a partir de esta experiencia sus habitantes desarrollaron un sistema calendárico complejo que incluía su propia versión astrológica. Sus métodos de observación fueron más sencillos que los del Viejo Mundo: la mirada se hizo a “ojo desnudo”. No obstante, Mesoamérica desarrolló una arquitectura sorprendente con orientación astral y se construyeron pirámides y templos para coincidir en el horizonte con la salida o el ocaso de astros.

La astrología mesoamericana partía del principio de que cada día era dominado por una deidad con una cualidad distinta, por lo que el día del nacimiento de una persona determina-ba su personalidad y signo, y cada actividad tenía su momento preciso. Para López Austin, en sentido estricto, Mesoamérica no desarrolló una astrología parecida a la del Viejo Mundo, pero la interpretación de los astros se completaba con la de calendarios adivinatorios llamados tonapouhque o “cuentadías” para conocer la suerte del consultante, de un suceso o actividad. Como se sabe, los mayas desarrollaron un conocimiento astronómico y matemático excepcional. Sus sacerdotes elaboraron almanaques con eclipses y conjunciones astronómicas, así como un sistema calendárico en el que registraron fechas de ciertos sucesos beneficiosos o trágicos con la posición correspondiente de luminarias en el firmamento. Consideraban que si sabían cuándo se repetían determinados aspectos astronómicos, podrían anticipar acontecimientos relevantes.

La astrología fue el arte adivinatorio más extendido en el Viejo Mundo: durante siglos, los astrónomos, gobernantes, filósofos y sacerdotes la consultaron asiduamente. El punto de partida de la astrología occidental se encuentra en la antigua Grecia, que tuvo un desarrollo matemático y geométrico tan elevado que permitió a los griegos elaborar mapas celestes para lugares y momentos específicos. El principio fundamental de la astrología, y también de la alquimia, está en el primer enunciado de la llamada Tabla Esmeraldina, un texto breve y críptico atribuido a Hermes Trismegisto, legendario alquimista griego: “Verdadero, sin falsedad, cierto y muy verdadero: lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para realizar el milagro de la Cosa Única”. En otras palabras, el enunciado afirma que el destino humano y la vida terrestre están inevitablemente unidos al comportamiento cíclico de los astros.

Pero los cuerpos celestes no sólo influyeron en las artes adivinatorias. Las fases de la luna nutrieron el pensamiento cíclico de muerte y regeneración en la mente humana. El historiador de las religiones Mircea Eliade, en su libro El mito del eterno retorno, obra clásica sobre el tema escrita en los años cincuenta, señala que el periodo repetitivo lunar de las fases de la luna (creciente, llena, menguante, desaparición, otra vez creciente) alimentó la idea del eterno retorno. Dice que de esta manera la humanidad concibió que su aparición, desarrollo y desaparición como grupo era similar al proceso de las fases de la luna. Por lo que si la humanidad era víctima de una catástrofe, siempre habría sobrevivientes que poblarían la faz de la Tierra de nuevo. Eliade considera que de esta manera el pensamiento cíclico de desaparición y reaparición de la humanidad estuvo presente en todas las culturas históricas, aún separadas geográficamente, y generó una diversidad de mitos de catástrofes no sólo en los pueblos romanos orientales, sino en hindúes, iraníes, mayas y aztecas, entre otros.

Aquí es importante detenernos y tomar en cuenta otra revelación en sentido contrario: la primera edición del libro de Eliade se publicó en 1951. Un año antes el psicoanalista Immanuel Velikovsky publicó el libro Mundos en colisión que recoge un pensamiento en dirección opuesta. El autor ruso sostiene que en el pasado la humanidad sí sufrió cataclismos genuinos por la interacción de cuerpos celestes contra la órbita terrestre. Según él, los sobrevivientes dejaron su testimonio en escrituras de culturas prehispánicas, orientales y árabes, entre ellas la Biblia. Pero la humanidad olvidó las tragedias, pues padece una “amnesia colectiva” que la deja vulnerable ante desastres futuros.

Siguiendo con la narración de Eliade, él dice que uno de los ejemplos más extendidos de mitos catastróficos en el Viejo Mundo es el de la doctrina caldea del “Año Magno”, postulada en el siglo III a.C. En ésta, si bien el universo se consideraba como eterno, sufría destrucciones periódicas cuando siete planetas se alineaban en un signo determinado. Si lo hacían en Cáncer, provocarían diluvios, y en Capricornio, desastres por fuego. Por tal razón, cuando acontecimientos negativos asolaban Roma, se pensaba que el “Año Magno” estaba por concluir y el imperio se derrumbaría. Platón coincidía con la tesis de alineaciones planetarias destructoras. Creía que el movimiento de rotación de los astros se frenaba al unísono cada determinado periodo para girar en sentido contrario, lo cual provocaba grandes cataclismos en la superficie terrestre. Es conocido que Platón mencionó en dos de sus escritos filosóficos llamados Diálogos: el de Timeo y el de Critias, la legendaria isla de la Atlántida. Según narró en el Timeo, la isla desapareció por terremotos y cataclismos “durante un día y una noche horribles”.

Las fases de la luna igualmente germinaron una idea de muerte y regeneración a través del sufrimiento contraria a la del eterno retorno, expresa Eliade. Dice que en el área mediterránea mesopotámica los sufrimientos del hombre fueron asociados con los de un dios: Yahvé. Sin embargo, esos sufrimientos no eran definitivos, porque llegaba la muerte, y con ella, una resurrección. Esta vertiente fue abrazada particularmente por los hebreos y asimilada y difundida por el cristianismo. Los profetas cristianos anunciaron la llegada del Mesías, hijo de Yahvé, que salvaría del sufrimiento a la humanidad. Así ocurriría el “fin de los tiempos”, es decir, el tiempo se acabaría porque se viviría una resurrección eterna.

En resumen, para la naciente religión cristiana el tiempo dejó de ser cíclico y universal; era lineal, determinado por la única voluntad de Yahvé. De esta fuente nació el libro sagra-do dedicado exclusivamente al fin de los tiempos: el Apocalipsis. Cuando el cristianismo extendió su dominio combatió las artes adivinatorias y la idea del eterno retorno. Así impuso una manera distinta de percibir el tiempo, el cosmos, la naturaleza y la condición humana, visión que prevalece en Occidente en la actualidad.

El cristianismo, sin embargo, no consiguió eliminar por completo la doctrina tradicional de la regeneración periódica. Jorge Luis Borges en su libro Historia de la eternidad, serie de ensayos filosóficos sobre el tiempo, dice que a lo largo de la historia el mito del eterno retorno se manifestó en tres variantes. La primera fue, como se ha mencionado, a través de la astrología, y Platón fue uno de sus exponentes primeros: “si los periodos planetarios son cíclicos, también la historia universal lo será”. La segunda le parece “patética”, la vincula al filósofo alemán Friedrich Nietzsche, autor de la obra Así habló Zaratustra: la historia es cíclica y sus circunstancias se repetirán de forma idéntica. La tercera interpretación, “menos pavorosa y melodramática”, es la que habla de “ciclos similares, no idénticos”. Esta última idea se extendió por siglos, y está presente en diversos presagios en torno a 2012. Otros vaticinios del año en cuestión, en contraste, se inspiran en el Apocalipsis. En este caso, el fin de los tiempos está próximo.

Product Details

ISBN:
9780307745187
Author:
Castellanos, Laura
Publisher:
Vintage Books
Author:
Sezat, Maria
Subject:
Occultism
Subject:
Prophecy
Edition Description:
Trade paper
Series:
Vintage Espanol
Publication Date:
20111231
Binding:
TRADE PAPER
Grade Level:
General/trade
Language:
Spanish
Pages:
176
Dimensions:
7.98 x 5.16 x 0.57 in 0.44 lb

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